Suponga que usted es muy bueno manejando aves ponedoras. Su vecino (una empresa cuyos propietarios residen en un país con tratado de doble tributación con Chile) le ofrece contratarlo para que administre su gallinero con un sueldo de 100 huevos. Con su esfuerzo y experiencia el gallinero produciría 115 huevos adicionales, dejando una utilidad de 15 huevos al vecino. Sin embargo, su sueldo neto de impuestos se reduce a 65 huevos – su tasa de impuesto personal es 35%.

Su mujer, emprendedora e inteligente, le sugiere algo mejor: crear un gallinero propio y así quedarse con los 115 huevos. Para esto reviviría una empresa de la que usted es socio, la que cuenta con instalaciones y está inactiva hace años. El problema es que después de pagar los impuestos correspondientes (corporativos y personales) y por ser ahora una renta “del capital” que usted retira íntegramente (los huevos no pueden ser “reinvertidos”), su ingreso alcanza sólo a 63 huevos – su tasa de tributación sube a 45%. Conclusión: no le conviene emprender, sino trabajar como dependiente. El ejemplo ilustra lo que ocurre con el sistema semi-integrado actual: sólo por ser dueño del negocio aumenta la tasa de impuesto a la renta en 9,45%, lo que constituye un desincentivo al emprendimiento.

La ley tributaria es compleja. Suponga ahora que un amigo abogado descubre que, haciendo un pequeño cambio a los estatutos de constitución de la sociedad, ésta podría acogerse al régimen de renta presunta, con lo que los impuestos totales serían sólo 15 huevos (tasa de 13%). El costo del cambio de estatutos es de 5 huevos incluidos los honorarios del abogado. Usted decide acogerse a esta exención, pues por un gasto de 5 huevos una vez aumenta su ingreso a 100 huevos para siempre. ¿Quién gana con esto? Privadamente es rentable, pues el ingreso familiar aumenta de 65 a 100 huevos. Sin embargo, esta ganancia privada ocurre porque usted contribuye menos al Estado. Para la sociedad, sin embargo, es una pérdida neta, pues los huevos no aumentan su valor y su amigo y el Estado destinaron tiempo a, primero, buscar excepciones en la ley tributaria y segundo, cambiar los estatutos societarios. El ejemplo ilustra lo que pasa cuando hay excepciones a la regla: las personas tienen incentivos para gastar recursos en la búsqueda de mecanismos para evitar impuestos.

¿Qué se necesita para evitar estos resultados absurdos? Un sistema tributario simple, transparente, basado en pocos impuestos, equitativo horizontalmente (a igual renta, igual carga tributaria) pero progresivo (a mayor renta mayores impuestos, aunque no expropiatorios), con reglas claras, estables y pocas excepciones. Mientras más complejo sea el sistema más difícil su cumplimiento y fiscalización y mayores las posibilidades de realizar ingeniería tributaria. Esta última, además de ser una pérdida social, es regresiva – por ser cara es rentable cuando con ella se logra evitar hartos impuestos, lo que favorece a los más ricos. Chile tiene la oportunidad de avanzar hacia un sistema tributario más simple, justo y eficiente, estableciendo reglas claras y estables. Ojalá esta vez se haga bien y haya consenso, pues no podemos darnos el lujo de cambiar el sistema cada 4 años; esto puede resultar muy costoso para el país en el largo plazo.

FUENTE:
www.latercera.com